Intolerancia.

Cuando un intelectual toma partido. Cuando una fuente de ideas comienza a derramarlas solo hacia un costado. Cuando luego de cualquier competencia, elección, opinión nace una voz intolerante que desmerece a aquel que tiene en frente, algo se ha perdido.
Los iconos se transforman en tales por decisión popular, no deseo o asignación propia. Cuando ese icono es además hecho portavoz de una sociedad o una parte de esta, se transforma -a lo menos- en responsable de aquellos quienes depositaron su fe, anhelos, sueños en ese ser. Cuando ese icono toma partido, pierde magia, pierde color, pierde luz, pierde credibilidad.
Sin ir en una caza de brujas enunciando nombres o seudónimos de próceres muertos, otros tantos vivos que se autoproclaman héroes patrios o cuyos ineptos adeptos llevan en hombros, el solo hecho de tomar partido por parte de aquel a quien pensaba intelectual -sea que este escoja rojo, blanco o moteado- repugna el alma, descorazona un poco, desilusiona bastante.
A rodar la vida, pues la vida rueda sola. Y a aquellos que nos ayudan a hacerla rodar, sean bienvenidos. Mas a aquellos a quienes algún día elegimos como independientes faros de nuestros más íntimos ideales, que luego por circunstancias extrañas hacen parpadear esa luz que nos guiaba, que onda desazón.

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